Una española en Bogotá

Continuando con la divulgación de las experiencias personales iniciadas con las cartas de nuestro ingeniero en Alemania, relatamos ahora las de una española en Bogotá.  Igual que en aquella ocasión, y por su extensión, vamos a hacerlo en dos entradas y la relatora es la propia protagonista.

Primera semana

El día 8 de octubre vuelo hacia Colombia después de un primer contacto durante el mes de agosto. Fueron 3 días que me permitieron conocer a las personas y al equipo con quien iba a colaborar en esta nueva etapa laboral.

Aterricé en Bogotá el mismo día 8 por la tarde y, tras la recepción en el aeropuerto (me estaba esperando un chófer enviado desde el apartamento donde me iba a alojar), me dispuse a instalarme. El domingo ya había quedado con el responsable del centro de Bogotá donde trabajaré a partir del lunes. Estuvimos dando una vuelta por los alrededores de mi alojamiento. Recorrimos las calles cercanas, fuimos al supermercado para que lo ubicara y después nos fuimos a comer. Pagaron ellos ya que, aunque insistí, decidieron que era para darme la bienvenida y que no me iban a dejar pagar. Fuimos a tomar café, como no, a una cafetería de la franquicia Juan Valdez. Ahí si que pagué yo y aproveché para darles un pequeño detalle que les había traído: un par de “blisters” de jamón que pensé les haría gracia; y así fue.

Nos despedimos, pero antes concretamos el horario de mi primera semana de trabajo para adaptarme al suyo.

Mi primer día de trabajo.

A la hora concertada estaba el coche en la puerta porque antes de viajar ya lo había concretado con la empresa de transporte que les realiza las rutas (esta ciudad es enorme y, para asegurar que el personal pueda estar en el centro de trabajo, tienen contratada una empresa de transporte para que cubran las distintas rutas). El primer día y mientras me configuraban el puesto de trabajo (mesa, ordenador, teléfono, etc…), lo pasé saludando a las personas conocidas con antelación, volviendo a recorrer el centro. Debido a que no voy a poder utilizar mí ubicación definitiva,  puesto que aún está ocupada por una persona, me sitúe en la sala de juntas. El resto del día pasa entre reuniones con los responsables donde todos se interesan por mi viaje y cómo me va, dónde estoy viviendo y consejos para conocer la ciudad. Durante el resto de la semana todo transcurre igual; yo en mi pecera y asistiendo a las reuniones agendadas y a las actividades programadas.

Casi todos los responsables pasan a hablar conmigo en algún momento de la jornada para interesarse cómo voy, si estoy bien. Eso sí, en ningún momento comentan el tema ni de desayuno ni de comida. A lo largo de estos primeros días, como realizo jornada intensiva y todos con los que coincido están de turno partido, tampoco coincidimos en ningún momento para poder compartir un tiempo distinto al estrictamente laboral. Al finalizar la semana, antes de iniciar una de las reuniones programadas, una de las supervisoras me pregunta que, normalmente, dónde como. Le explico que durante esta semana en el apartamento puesto que hago jornada intensiva. Aprovecho para preguntarle donde comen ellas habitualmente y me dicen que salen a comer por los alrededores y que, cuando haga turno partido lo comentemos para ir con ellas.

Mi Segunda semana

Inicio la segunda semana ya con turno partido, y entro sola. Y no coincido con el responsable porque él realiza un horario muy indeterminado y yo necesito empezar a establecer pautas para poder coordinar las reuniones de mi área y las del centro. Empezamos igual, todo el mundo pasa por mi “despacho”(como han empezado a llamarle) para preguntarme por el fin de semana, como estoy, etc… pero, vistas sus costumbres, este “interés” es por educación.

Lo que sí es cierto es que son extremadamente educados; todos se saludan con todos -los chicos con los chicos se dan la mano y con las chicas besos tanto cuando inician su jornada laboral como al finalizarse y despedirse hasta el día siguiente- pero, como digo, es una costumbre cultural que conmigo no hacen. Sobre los desayunos y comidas seguimos igual: sola, aunque debido a varios temas personales de las Supervisoras. El jueves o viernes algunos me han preguntado que dónde iba a desayunar y a interesarse por el horario en el que iba.

Durante esta semana han empezado a preparar el concurso de disfraces de Halloween. El concurso es a nivel de edificio, cada planta decora y se disfraza de un tema elegido por ellos mismos. Después, un jurado evalúa cada planta y hay tres premios económicos para los ganadores. La actividad de la preparación se intensifica durante la semana y, aunque en un principio comentábamos el tema, seguía siendo como algo muy doméstico de ellos; pero, a partir del miércoles empiezan a comentármelo directamente. El tema elegido por mi planta es La Prisión y todos deben disfrazarse cumpliendo esa temática. Una de las actividades que están realizando es confeccionar unos carteles con la cara de cada uno con la leyenda “Se Busca” pero, en vez de poner el nombre cada uno se pone un alias. Y es a partir de ahí cuando han empezado a incluirme. Primero informándome de los “motes” que se están poniendo cada uno; y el miércoles de forma muy “sui géneris” preguntaron qué mote me ponían a mi. Les indiqué que el que quisieran; que yo no tenía problemas, quedándome al final como “la visitante”.

Durante la próxima semana ya hemos acordado que ultimaremos los detalles. Eso sí, también me informan que han decidido que forme parte del jurado junto con la estructura (así llaman aquí a los jefes hasta supervisores). Aunque aun falta mucho, empiezo a notar más cercanía por parte de los supervisores. Incluso a nivel laboral empiezan a pedirme muchos más consejos, como cuál es mi visión, y compartimos encuentros mucho más distendidos.

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